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Sables, espadas, lanzas y
armaduras brillan a los lejos de la calle, el sonido acompasado
y metálico del acero, la chapa y la hojalata, se armonizan
con el temblor de tambores y cristales. La gente se asoma a las
puertas de sus casas para ver el espectáculo, los que llegan
son sus hijos, sus padres, sus hermanos. Son los Armaos, unos personajes,
herederos de las indisciplinadas suizas y soldadescas del siglo
XVII, que terminaron formando las secciones militares de las cofradías
para acompañar a vírgenes barrocas y custodiar a cristos
yacentes. Ellos son los protagonistas indiscutibles de la mayor
fiesta de la primavera, la semana santa. El rojo vivo, como el de
los antiguos centuriones de Roma, es el color que unifica a las
diferentes compañías romanas del campo de Calatrava;
las faldas, el calzado y los plumeros de sus cascos, son lo que
les diferencia. Con una clara estructura militar, desde el comandante
hasta el último de la tropa, hacen alardes día y noche
representando a los soldados romanos que prendieron, torturaron
y ejecutaron a Jesús. Ellos son parte de nuestra historia
desde que la iglesia católica consolidó en los siglos
de oro la imposición de las festividades religiosas. Es posible
que lleven casi cuatrocientos años dando luz al apagado espíritu
guerrero de los freires calatravos, mitad monjes, mitad soldados,
o que nos parezcan tallas andantes de la imaginería religiosa.
De lo que no nos cabe duda es que cada vez que los observamos por
las calles, vemos un innegable patrimonio cultural inmaterial, un
folclore vivo, sin aderezos , que nace del pueblo y que choca con
la cultura industrializada que difunden los medios de comunicación,
preocupados más de la oficialidad que de lo público.
El comandante ha mandado romper filas. A comer y a beber para reponer
fuerzas.
Manuel Ruiz Toribio |